Helena tenía once años y un mapa que su abuelo le había dibujado a mano. En el mapa había dos caminos: uno corto, marcado con una línea gruesa de rotulador rojo. Y otro largo, casi escondido, hecho con puntitos finos.

—Tú coge el rojo —dijo el abuelo—. Yo siempre cogí el rojo. El de los puntitos lo dibujé porque existe, pero nadie lo usa.

El camino de los puntitos

Helena cogió el de los puntitos. No por rebelde — por curiosa. Quería saber por qué nadie lo usaba si estaba dibujado.

El camino era más largo, sí. Pero pasaba por sitios que el rojo no veía: un riachuelo con piedras planas, un árbol viejísimo lleno de nombres tallados, una casa abandonada con un huerto que seguía dando tomates. Todo lo importante estaba ahí, pero nadie lo había contado.

Lo que aprendió Helena

Que el camino que todos cogen está bien — pero rara vez te enseña algo nuevo. Que el camino de los puntitos da más miedo y tarda más, y a veces no sabes si volverás a tiempo. Y que justo por eso, cuando alguien quiere encontrar algo que aún no existe, lo encuentra ahí.

Helena llegó tarde. Pero llegó con tomates, con piedras planas en los bolsillos, y con un mapa nuevo dibujado encima del viejo — uno donde los puntitos eran ahora una línea gruesa, y la línea roja, los puntitos.

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