Sara tenía nueve años y unas tijeras de cocina que sólo cortaban bien hacia la izquierda. Su madre las usaba todos los días, refunfuñando, porque eran las únicas que tenían.
Una tarde Sara se quedó mirándolas. Pensó: ¿y si las tijeras no estuvieran rotas, sino diseñadas mal? Lo escribió en un cuaderno y lo subrayó tres veces.
La pregunta pequeña
Esa noche, en la cama, Sara hizo una lista. ¿Quién diseña las tijeras? ¿Por qué todas son iguales? ¿Hay personas zurdas en el mundo? Si hay, ¿cuántas? Si son muchas, ¿por qué nadie hace tijeras para ellas?
Al día siguiente preguntó en clase. Tres compañeros levantaron la mano: ellos también eran zurdos. A Sara le pareció demasiado para ser casualidad.
Lo que aprendió Sara
Que casi todos los grandes negocios empiezan con una pregunta pequeña: «¿Por qué esto es así?» Que mirar dos veces lo que todos miran una sola vez es un superpoder. Y que las mejores ideas casi nunca nacen en una reunión — nacen en una cocina, mirando unas tijeras tontas.
Años después, Sara tendría su propia empresa. Pero esa noche, con nueve años y un cuaderno subrayado tres veces, ya había hecho lo más importante: levantar una pregunta antes de levantar nada más.
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