Clara fabricaba cometas en el pequeño cobertizo del jardín. No eran cometas cualquiera: las suyas parecían tener alma. Algunas brillaban con luz propia, otras rugían como dragones en pleno vuelo. Su rincón se había vuelto famoso en el barrio, y cada fin de semana, los niños hacían cola para llevarse una al cielo.

Un sábado por la tarde, mientras remendaba una cometa de estrella fugaz, su abuela se sentó a su lado con un té humeante.

—Vuelas alto, Clara. Pero recuerda que no todo depende de las alas. A veces, es el viento quien decide.

Clara levantó la vista.

—¿El viento?

—Claro. Hay vientos grandes que soplan sobre todos nosotros. No los vemos, pero nos empujan. Son como los cambios de estación, pero en la vida. Yo los llamo los Vientos del Entorno.

Clara sonrió, intrigada.

La abuela señaló el cielo.

—Mira, por ejemplo, aquel viento fuerte del norte… Hace poco el ayuntamiento cambió una norma. Ya no se pueden vender cometas con hilos de nailon. Hay que buscar alternativas. Eso afecta a todos los talleres, no solo al tuyo.

—¿Y eso es un viento?

—Sí, un viento político. Como cuando cambia una regla del juego.

Clara asintió, pensativa.

—Y el otro día, tus vecinas me contaron que todo está más caro. Que cuesta llenar la cesta. Es un viento económico. Cuando la gente tiene menos para gastar, a veces vuela menos.

—¿Y cuando los niños me piden cometas con formas de robots o youtubers?

—Eso es un viento sociocultural. La gente cambia. Los gustos también. Hay que aprender a escuchar al barrio y al mundo.

—¿Y las máquinas nuevas que cortan papel solas?

—Tecnología. Un viento que sopla cada vez más fuerte. A veces da miedo, pero si sabes usarlo, te ayuda a volar más lejos.

Clara se quedó mirando su caja de herramientas.

—El otro día una mamá me pidió una cometa que no hiciera daño a los árboles. Le preocupaba el medio ambiente…

—¡Viento ecológico! Ese sopla con fuerza en los parques y las escuelas.

—Y si un día cambian las normas y prohíben volar cometas en plazas…

—Legal, claro. A veces son brisas suaves, otras tormentas.

Clara se rió.

—Entonces… ¿tengo que hacer cometas y, además, convertirme en meteoróloga?

La abuela le guiñó un ojo.

—No hace falta que sepas de todo. Pero sí que mires al cielo antes de lanzar una nueva cometa. Y que aprendas a leer el aire, no solo el papel.

Clara nunca olvidó esa charla.

Desde aquel día, antes de cada nuevo diseño, abría la ventana y prestaba atención. A veces al noticiero, otras al mercado, otras al parque. Y poco a poco, su taller dejó de ser solo un lugar donde se hacían cometas…

Era un sitio donde se aprendía a volar con el viento a favor.

Relato creado por Isaac Bosch

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