En el pueblo de Colina Clara, enero siempre olía a frío y a virutas de lápiz recién afilado.

Cada año, al empezar el curso, todos los niños se sentaban a escribir su lista de grandes propósitos. El papel crujía de lo mucho que escribían.

—Este año voy a ser el más rápido de la clase —decía uno, apretando el puño. —Yo nunca me enfadaré, ni una sola vez —decía otro. —Yo haré todo perfecto —decía casi todo el mundo.

Nico también hizo su lista. Era larga. Muy larga. Tan larga… que cuando la leyó en voz alta, sintió un nudo en la barriga, como si se hubiera tragado una piedra pequeña. Se sentía cansado antes de empezar.

Su abuelo Marco, que tenía las manos arrugadas y calientes como el pan recién hecho, le preguntó:

—¿Y qué harás mañana?

Nico se quedó quieto.

—Mañana… empezaré con todo —respondió, y le tembló un poco la voz.

El abuelo sonrió y sacó de su bolsillo un cuaderno pequeño. Tenía las tapas marrones y rugosas, como la corteza de un árbol.

—Este no es un cuaderno de propósitos imposibles —dijo, poniéndoselo en la mano. Pesaba poco—. Es un cuaderno de hechos.

Día 1

Nico escribió con letra temblorosa:

Hoy he ordenado mi mochila sin que nadie me lo pidiera. El sonido de la cremallera al cerrar hizo un “zzzip” muy agradable.

No era espectacular. Pero era verdad.

Día 3

Ese día Nico se enfadó jugando al fútbol. Perdieron. Sintió que las orejas le ardían y quiso gritar muy fuerte. Pero entonces respiró hondo, llenando sus pulmones de aire fresco, y se sentó en la hierba húmeda.

Por la noche escribió:

Hoy me enfadé… pero se me pasó antes que ayer. La rabia duró lo que tarda en secarse un charco.

No era perfecto. Pero era mejor.

Día 7

Llovía y las ventanas estaban empañadas. No había planes emocionantes. No había trofeos.

Solo el olor a leche caliente con cacao y una charla tranquila con su madre en el sofá.

Nico dudó, mirando la lluvia golpear el cristal, pero escribió:

Hoy ha sido un día sencillo. Y ha estado bien.

Día 15

Nico revisó su antigua lista de grandes propósitos. El papel ya estaba un poco arrugado. Muchos no se habían cumplido y eso le pinchó un poco el orgullo.

Pero al abrir el cuaderno marrón de tapas rugosas, sintió algo distinto: calma.

Había menos enfados escritos. Había más cosas pequeñas que antes no veía: el sol de la tarde, una risa en el recreo, un día sin prisas.

—Abuelo —preguntó—, ¿esto cuenta como mejorar?

Marco asintió despacio, con esa voz suya que sonaba segura como una roca.

—No puedes controlar la lluvia ni el resultado del partido —dijo—. Pero sí puedes decidir cómo respondes y qué agradeces.

El último día del año

Mientras otros niños estaban tristes o nerviosos porque no habían cumplido “todo” lo de sus listas gigantes, Nico acarició su cuaderno marrón.

Lo cerró con cuidado. Tap.

No había sido el mejor del mundo. No había sido perfecto.

Pero había sido un poco mejor que ayer.

Y mientras miraba por la ventana, respirando tranquilo, Nico pensó que eso era suficiente.

Cuento creado por Isaac Bosch y asistido por IA

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